Publicado en Reflexionando

Dos meses de vacacionesLos profesores, esos sí que viven bien -decían algunas voces esta mañana en la fila del supermercado- . Dos meses tienen en verano, además de todas las Navidades y Semana Santa. Yo a mi chica en Octubre la voy a sacar del colegio una semana porque tengo vacaciones y nos iremos a algún sitio. Total, con los grupos de WhatsApp, las otras madres enseguida me dirán los deberes y se pondrá al día. Otros inmigrantes, -decía convencida- se van dos o tres meses a sus países y nadie les dice nada. Así que, cómo el profesor me diga algo, me van a oír en el colegio.

Con la mandíbula en tensión, yo aguantaba el tipo mientras el pez espada me miraba desafiante. Al fondo, en un contador un número tres brillaba.

– Claro-decía el número cinco. Mi hija con mi nieto igual. Las vacaciones son también aprendizaje -comentaba convencida- y es muy difícil, por no hablar de lo caro que es, cogerse días en verano. Además, unas semanas más, unas semanas menos, qué más da. Son muy críos todavía.

A mí la mandíbula me iba a estallar. Yo solo quería desaparecer. Casi regalo mi preciado número nueve pero tenía que acabar mi cometido y comprar las malditas lubinas.

– Si es que los profesores lo hacen por comodidad. Quieren que estén todos los alumnos desde el principio para poder aprenderse los nombres y dar la clase a todos igual. Que no se quejen, que viven muy bien.

Frustrada y con ganas de terminar la compra, me he resignado a una conversación sin fundamento, debatiéndome si merecía o no la pena intervenir. Entre el vapor húmedo que mantenía los peces relucientes y un grupo de personas que al parecer también estaban de vacaciones y esperaban con gusto los quince minutos de rigor, había una niña de unos siete años que leía los carteles de las ofertas.

– ¡A…tún fres…co!-articulaba orgullosa.

– Muy bien cariño, la alentaba la madre que debía ser el número cuatro.

– Madre mía, que chica más lista, ¡qué bien lee!- elogiaba la pescadera.

Tras estrujar el tique durante unos segundos, un impulso ha querido que dijera en tono provocador: “pues sí cielo, lees de maravilla. Debes de tener una profesora estupenda que se desvive cada día en dar lo mejor de sí misma y prepara unas clases geniales y divertidas en las que aprendes a leer y a expresarte con tanta gracia”. Una parte de mi quería pelea. Otra más sensata me ha obligado a permanecer en silencio, mantener la sonrisa forzada y arrastrarme hasta casa.

Merecidas para algunos y un “chollo” de primera para otros. Las vacaciones de los docentes siempre están en boca de todos. Es como la actualidad política o las olas de calor, a todo el mundo le encanta opinar. Yo no tengo nada en contra de las conversaciones banales, siempre y cuando duren entre uno y tres minutos, sean triviales y no un murmullo insustancial del que opina sin saber. Eso crispa. Lo más incongruente es que jamás he oído criticar la labor de un arquitecto, un policía, un abogado, las vacaciones de los jueces o del sursuncorda. Llamo a los amantes de las conversaciones superficiales, por favor que alguien me presente a los que emprenden contra estos colectivos por hacer un trabajo fácil y por tener demasiadas vacaciones. Los del mundo docente estamos hartos de ser objeto de pasatiempo. Que nos dejen “descansar”. Una ya no lo consigue ni haciendo la compra. De paso, que también me presenten a docentes que no hayan pensado alguna vez: “ya me gustaría verte rodeada de treinta adolescentes a los que inspirar, corregir, ayudar, educar, motivar y entretener durante seis horas al día”.

Pescaderas del mundo, esperadores de turno, enamorados de la banalidad. Os desvelo el secreto, la pregunta que siempre estuvo en el aire. ¿Qué hacen los profesores cuando salen de clase? ¿Y en vacaciones? Cuanto tiempo libre. ¡Qué maravilla! – siguen pensando la mayoría. Llevarse trabajo a casa es una excepción para algunos que quieren promocionar, acabar algún proyecto o cumplir plazos. O simplemente el fruto de la procrastinación y la mala gestión del tiempo. Normalmente, cuando acaba tu jornada laboral, cuando terminas una tarea, un documento, ves a un número x de clientes, se acabó. Mañana más y mejor. La labor de un buen profesor, y subrayo lo de buen porque todavía hay mucha lectura de libro, no tiene fin. Tengo seis horas de clase al día que preparar. Podría leer el libro desde la mesa o bajarme un PowerPoint de internet. Eso sería ser una muy mala profesional. A mis amigos del supermercado no les gustaría saber que esa es la educación que reciben sus hijos. Pero si quieren clases dinámicas en las que los alumnos ponen en práctica los contenidos y adquieren habilidades, necesito tiempo señores. Para los que no lo sepan, preparar significa: actualizar contenidos, diseñar actividades y elaborar recursos. En cincuenta minutos utilizo una media de cuatro actividades así que empecemos a multiplicar. Te lo pongo fácil, ciento veinte actividades semanales. Durante el día estoy dando clase o reunida con padres. Me quedan las tardes y… ¡bingo!, las vacaciones. Y por si esto te parece poco, tengo que diseñar las evaluaciones y corregir.

Os animo a comprobar como miles de docentes siguen formándose, preparando recursos y corrigiendo. Verano, Navidades, fines de semana o las tardes del jueves, da igual. Necesitamos el tiempo. Porque sabemos que clases bien preparadas hoy supondrán menos horas de trabajo durante el curso académico. Así que no te dejes llevar por las voces de supermercado y ayuda a destapar la verdad sobre los profesores.